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El Colportor Bíblico



Por donde iba, ese "hombre de la dulce sonrisa" sufría persecución, oposición, soledad y muchas otras desventuras, por la causa del evangelio. A comienzos de la década de 1890 estuvo preso durante nueve largos y angustiosos meses en casas de Matas, El Callao, en un antiguo edificio militar de la época colonial transformado en cárcel, a unos doce kilómetros de Lima

No obstante, años después, ya en nuestro siglo, el colportor Francisco G. Penzotti -porque de él se trata- podía escribir: "En mi larga experiencia he tenido tantas manifestaciones de la bondad divina y de la interposición de la Providencia que no puedo recordar mil y un incidentes de mi vida sin exclamar: "Cuán maravillosas son tus sendas".

Es probable que para las generaciones más recientes de evangelísticos latinoamericanos la palabra colportor sea prácticamente desconocida. Sin embargo, ella describe una de las primeras y principales actividades evangelizadoras que se llevaron a cabo en toda la extensión del continente latinoamericano en el curso del siglo XIX.
El colportor, verdadero pionero de la obra misionera, era un vendedor ambulante de Biblias y otros libros evangélicos que con una maleta de cuero en cada mano -unidas por una cuerda que pasaba por los hombros- recorría ciudades y campos ofreciendo la Palabra de Dios de puerta en puerta. En los primeros decenios del siglo actual eran muchos los niños de familias evangélicas que soñaban ser colportores y afrontar los peligros a los que se veían constantemente expuestos esos sencillos héroes de la obra misionera en nuestros países.

Precursores de esta actividad fue Diego Thomson, un escocés que recorrió nuestros países en los años en que se iba gestando y consolidando la independencia. Venía creando escuelas y difundiendo la Biblia, apoyado por algunos de nuestros principales próceres.
Posteriormente hubo otros, igualmente osados, que sucumbieron en el intento. Tales son los casos del inglés Lucas Matthews, que desapareció "sin dejar rastros" en Colombia, y el italiano José Mongiardino (nombre que diversos autores escriben con variantes), que en Bolivia fue muerto y arrojado al fondo de un río con una piedra atada al cuello.

Una verdadera legión de estos creyentes -valientes y sufridos portadores de un mensaje de libertad espiritual- , se extendió por todas partes llegando hasta los últimos rincones, particularmente durante la segunda mitad del siglo XIX. Esta intensa actividad fue la que abrió la senda, en la práctica, a la obra misionera llevada a cabo posteriormente por diversas misiones y denominaciones. Las Sociedad Bíblicas enviaban a los colportores, y es preciso tener en cuenta que algunas de las personas vinculadas a esta actividad alentaban la esperanza de que la difusión de la Biblia sirviera para lograr una reforma espiritual en el seno de la iglesia católica, como también en la población. Si bien esos efectos no se dieron masivamente, es indudable que la actividad de los colportores y la difusión de la Biblia en la lengua del pueblo rompieron la resistencia inicial a su introducción y posibilitó el posterior ingreso de misioneros, la mayoría de los cuales combinó inicialmente sus tareas evangelísticas con el colportaje.

La tarea sistemática, y sostenida de toda esta actividad adquirió un nuevo impulso a partir de 1864, cuando la Sociedad Bíblica Americana abrió la primera agencia bíblica en Sudamérica, bajo la dirección de otro escocés, Andrés M. Milne, uno de los más grandes distribuidores de Biblias que han conocido nuestros países. De él nos ocupamos brevemente en el número correspondiente a noviembre-diciembre de 1998 de la Biblia de la Américas.
Y fue justamente el colportor Milne quien. en un salón de baile en la ciudad de Montevideo, puso en manos del joven Francisco Penzotti, otro inmigrante italiano, un ejemplar del evangelio de San Juan. A partir de allí comenzó la lucha espiritual que con el tiempo convirtió a ese joven -decepcionado de la religión- en una de las más grandes figuras de la difusión de la Biblia y el Evangelio por todo el continente.

El "incidente" más conocido que protagonizó Penzotti es el que se menciona al comienzo de este relato, relacionado con su encarcelamiento en el Perú por orden eclesiástica, y que conmovió a la opinión internacional, diplomática y periodística. Dicho incidente ha sido relatado muchas veces.
Pero hay otros "incidentes", menos recordados, que muestran os frutos de su extensa e intensa labor. Compañero y sucesor de Milne, como parte de sus responsabilidades cual colportor y posteriormente agente de la sociedad bíblica a la que estaba asociado, Penzotti recorrió más de una vez la República de Chile en la década de 1880.
Luego, "en 1908 -relata el mismo-, cuando venía de América Central para Buenos Aires, con mi familia, pasando por Arica, en la costa del pacífico, bajé a tierra. Una señora demostrando gran interés, me llamó por mi nombre, diciéndome: "No se acuerda usted de mí?" Le contesté: "Perdone, señora, no la conozco". Ella continuó: "No recuerda que hace unos dieciocho años, usted predicó aquí y yo le compré una Biblia? En aquel tiempo le di mi corazón al Señor y soy hija de El".

Evidentemente ese paso de Penzotti por la costa chilena, en circunstancias en que se dirigía a la Argentina para encargarse de la Agencia de la Sociedad Bíblica Americana -en reemplazo de su maestro y compañero Milne, llenó el corazón de esa señora de gozo.
"...Un poco mas al sur -continúa-, en Antofagasta, al bajar a tierra se me acercó un cartero y me preguntó: "Es usted el señor Penzotti?" Le respondí afirmativamente, y me dijo que había una señora que tenía muchos deseos de verme y que, si quería, él me acompañaría hasta su casa. Fui con él y al llegar a la vivienda la señora se impresionó tanto que todo su cuerpo se estremecía. Y acercándoseme me dijo: "cómo está señor Penzotti?" Le dije que no la recordaba. Entonces me contestó: "No recuerda cuando usted predicó en la oficina de Huara? Su texto era: "No os engañéis. Dios no puede ser burlado. Lo que el hombre sembrare, eso también segará". Esa noche experimenté una profunda impresión y le compré a usted u Nuevo Testamento. Tenía dieciocho años y era maestra de una pequeña escuela. Ahora estoy casada, tengo mi marido y cinco hijos. Mi deseo es conducirlos por el camino que usted me enseñó".

Ejemplo de consagración a la causa que había abrazado, al final de su vida Penzotti podía comenzar sus notas autobiográficas diciendo: "Al dirigir la mirada hacia el pasado, no puedo menos que reconocer que una mano invisible me ha guiado desde mi infancia a través de los años, con mucha paciencia y amor".

 

 

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